¿Qué se te ha perdido a ti en Marruecos?

Antes de empezar mi aventura en Marruecos, escuchaba esa frase constantemente. Hoy, acabado mi viaje, puedo decir que llevaban razón. No se me había perdido absolutamente nada allí, pero he encontrado muchas cosas que me han dejado enamorada del país y de su gente.

He descubierto el valor de una sonrisa sincera y me han enseñado que no necesitas hablar la misma lengua para entenderte, pero sí el idioma universal de la empatía y la amabilidad. He caminado por las calles marroquís escuchando constantemente cómo nos daban la bienvenida, aunque llevásemos dos meses recorriendo los mismos lugares. Me ha redescubierto la necesidad de cuidar a nuestros mayores, ver cómo los jóvenes cuidan a los mayores es algo que hacía tiempo no veía en mi propio país.    Escuchar Saha cada vez que sales de un establecimiento, y sus sonrisas acompañándolo. He grabado en mi mente el momento en el que están agradecidos y se dan una pequeña palmada en el pecho, algo que seguirá encandilándome a pesar de tener la oportunidad de verlo muchos años seguidos.

En Tánger aprendes que si quieres moverte por sus calles debes compartir taxi y que el bullicio de su gente forma parte de su encanto, con las motos recorriendo las calles empedradas.  El vocerío que recorre cada esquina del país.  El contraste de colores y de olores. Su comida, sus dulces y su pan, sobre todo su pan. El té a cualquier hora del día y sin importar la temperatura que marque el termómetro, siempre calentito.  Caminar durante horas perdido por la medina, porque no es una bonita metáfora, es una realidad. Si te adentras por la medina estás perdido. Eso sí, te aseguro que es una pérdida llena de magia y sensaciones, rodeado del color de las alfombras y de las mantas, de mil tiendas que te invitan a que te quedes a vivir en ellas.  Los guías inesperados que te encuentras por las calles y se convierten en tus amigos durante unas horas, sin esperar nada a cambio.  Las esperas infinitas porque como ellos dicen “la prisa mata”. Enamorarse de la cultura bereber y de sus pueblos.  Alucinar con la llegada del Ramadán y la revolución que ello provoca.

 

El panadero, el frutero, el niño de los huevos, el aparcacoches del barrio, los camareros del Normandie, las educadoras del centro y mis dos ángeles de la guarda, que sin ellos, el viaje no habría sido el mismo.  Sentir desde el minuto uno Marruecos como mi hogar. Sólo puedo estar agradecida por cada regalo que me llevo, por la inyección de realidad que me ha aportado esta experiencia.

Tras decir esto, debo decir que si no quieres enamorarte perdidamente de otro país, de sus costumbres y su gente, si no estás dispuesto a sentir otro país como tu casa, no solicites una beca de cooperación, porque corres el riesgo de vivir la mejor experiencia de tu vida.

 

“Cuando uno se marcha

y vuelve al tiempo

lo hace con otro color de ojos,

con un peso diferente en las manos,

con un sabor distinto en la espalda,

con un corazón que late en emigrante.” -Elvira Sastre.

 

Carla, Nerea, Rocío.

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